48h. in Budapest

Suelen decir que los planes inesperados son los mejores. Tienen razón. De un día para otro compras un billete de tren, coges la cámara de fotos, echas algo de ropa limpia en tu bolso y… ¡a viajar! Realmente no necesitamos tanto como creemos, podemos sobrevivir sin muchas cosas que pensamos que son imprescindibles. En este tipo de ocasiones es cuando realmente te das cuenta de que lo importante es disfrutar del momento sin preocuparte de si has olvidado aquello o te hará falta lo otro. En mi mochila llevaba lo “necesario”, pero en los próximos viajes los he ido reduciendo por comodidad. Ahora puedo permitirme el lujo de viajar como me apetezca sin depender de nada ni nadie, así que… a disfrutar de la vida y de paisajes como este: Budapest.

Una ciudad que me conquistó desde salí de su aeropuerto. Muchos ya me habían dicho que era muy bonita y no se equivocaban. La diversidad entre Buda y Pest, sus preciosas vistas, la variedad gastronómica, el sabroso vino, su gente… Es sin duda la ciudad con más vida de Hungría.

Tiene incontables sitios que visitar, desgraciadamente, en dos días es imposible de conocerlo todo. Sin embargo, guardo muy buenos recuerdos de mi primera visita a esta capital. Además, tiene la ventaja de que puedes recorrer la ciudad prácticamente a pie por completo. En los mapas encontramos un gran parque, así que decidimos visitarlo con la sorpresa de que encontramos una especie de feria de diferentes ciudades y una carrera de carros de caballos que reunió a bastante gente. Después de tanto andar, necesitábamos encontrar un sitio donde descansar para reponer las pilas para el día siguiente y también para conocer la noche de Budapest. Otra de las ventajas de la ciudad, la gran oferta de alojamiento y a buen precio. Tras varios intentos dimos con un hostal bastante nuevo donde había bastante gente joven para enseñarnos rincones de la ciudad que no están al alcance de turistas.

Nos quedaba un día para disfrutar de la ciudad, así que planeamos hacer uno de los Free Tours que se ofrecen. Algunos amigos me había hablado muy bien de ellos y la verdad es que son divertidos y te enseñan bastantes curiosidades que de otro modo no te enterarías. Como por ejemplo, que en las películas, los aliens hablan húngaro porque los guionistas no quieren tener que crear un idioma nuevo. O que Hungría es un país con mucho amor, porque la tradición de colocar candados en puentes nació aquí. Es muy común verlos colgados de cualquier sitio. Qué bonito pensar que cada uno simboliza una bonita relación.

También nos topamos con un policía barrigón al que había que tocarle la panza si querías comer bien ese día. Porque a los húngaros también les gusta comer bien. Es muy típico el gulash, una especie de sopa de carne o el paprika, eso que no falte. Los postres son muy famosos, como la tarta dobostorta. Y del vino y el pálinka, mejor no hablar. Les encantan. Yo, sin embargo, me quedo con la dieta mediterránea que tanto echo de menos.

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Hasta pronto, Budapest.

Tenemos una asignatura pendiente… :)

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